No podemos salir, sí podemos entrar.

En el año 1995 el actor Christopher Reeve quedó paralizado producto de una caída a caballo. Su diagnostico fue categórico y devastador, le dijeron que jamás podría volver a mover el cuerpo ni sentir algo debajo de su cuello.

Superman, para mucho de nosotros, estaba completamente paralizado de por vida. Podemos imaginar lo que eso significó para un hombre que en la década de los ochenta fue un ícono de poder y virilidad.

Reeve, ya postrado y sin movimiento, desarrolló lo que se denomina propiocepción, falta de sexto sentido, la percepción que somos de un cuerpo o bien que habitamos una materia física, eso tan común para cualquiera o muchos de nosotros, él ya no lo tenía. ¿Qué le quedó? Todo. Así vamos aprendiendo y adentrándonos poco a poco que nuestro cuerpo cambiante, si bien configura nuestra identidad profunda, no está de modo alguno dentro de nosotros. Esa fue una de las cosas que nos enseñó Reeve. La voluntad e inteligencia quedó intacta, su cerebro, si bien se desconectó de su medula espinal no se vio afectado y tal vez lo más importante era que cuando decía “todo” era que él podía “decidir” como enfrentar y vivir su nueva realidad.

La creciente ausencia de pertenecer a un cuerpo, da como origen la sensación de partida de anclaje e identidad física, la propiocepción. En ese escenario la vida de Reeve tendría sus días contados, ni siquiera sus pulmones respondían.

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Vivir, luchar, volver a conquistar y conectar su cuerpo, volver a enlazar su sistema nervioso con su columna, pero ¿cómo?. Trabajó día y noche para avanzar con propósitos claros con voluntad y con la disciplina de aquellos que ven el horizonte, realizando todos los ejercicios que sus médicos le indicaron y mucho más. Sus avances hasta el día de su muerte fueron asombrosos e impensados en su minuto. Gracias a su fuerza, muchos investigadores pusieron toda su energía en este hombre que día a día celebró la vida como cuando pudo volver a sentir algo en su cuerpo o por vez primera mover uno de sus dedos. Esto era una fiesta para Reeve y su familia, al final la perspectiva del horizonte depende de cual ventana eliges para mirar.

Esto fue hace muchos años, en tiempos donde la medicina no tenía los avances de hoy. Toda la energía que puso Reeve en su enfermedad, y en poner su historia y cuerpo para que aquellos como él postrados, pudieran en el futuro acceder a mejores tratamientos o que nuevas tecnologías pudieran experimentar en él y con eso la ciencia avanzara: Kriptonita pura. Al paciente Christopher Reeve incluso se le introdujo una suerte de marcapaso en los pulmones para que pudieran funcionar, fue uno de los primeros en el mundo.

Esta historia nos conmueve por quien era y su contexto, Superman postrado.

Me motiva pensar en los límites del ser humano, el redireccionamiento de toda su energía, la decisión de querer creer. Realizar un viaje interior para poder sanar, de algún modo como dice Jon Kabat-Zinn el cuerpo como mejor puede nunca deja de escuchar y responder. Encerrado en su cuerpo, postrado y con propiocepción: ahí estaba él y su tremenda plasticidad.

25 años después esta historia vuelve a tener sentido para mi,  porque nos muestra cómo flexibilizar al máximo nuestras opciones, por el valor que cobra el decidir el cómo enfrento el hoy. La compleja situación que vivimos se fragua día a día, en la cocina de nuestras casas, en el teclado de nuestros computadores y teléfonos, en conocer nuestra paciencia y sus límites como surcos que nos interrumpen a nosotros mismos, sin dejarnos saltar a la otra orilla con quienes vivimos y queremos.

Asumir que si no podemos salir, sí podemos entrar y dejar el movimiento orbitante del exterior que sacude y ensordece a lo que tenemos dentro. Hacer para ser.

Lo que vendrá será distinto, cumplirá patrones desconocidos en un sistema complejo de predicciones cerradas. ¿Cómo lo de Christopher Reeve?. No lo sé ¿Dígame Usted?

Nicolás Fontaine

Faro de la Nueva Extremadura 

4 de julio del 2020

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