La revolución Rusa

Reacción a una lectura.

 

Estaba parado frente al televisor, la imagen de la iglesia en llamas, la cual crecía a cada minuto, bancas y figuras religiosas sacadas a la calle, una peregrinación de violencia, algunos rostros cubiertos y gritos que clamaban justicia y fin. La virgen ultrajada y sacada de su cetro, y los cuadros apiñados en la calle quemándose.  Al día siguiente, fui al lugar y entre a la iglesia quemada, sin su torre; su techo estaba abierto, mostrando el cielo azul, ya no existía iglesia de la Asunción y en una de sus murallas estaba escrito. <Son todos pedófilos>.  Quede perplejo a la violencia, a la injusticia de aquellos abusados y al horror de aquellos que ese día fueron y quemaron la iglesia. Este episodio ocurrido en la iglesia la asunción ubicada en la calle vicuña Mackenna en Santiago de Chile, quedo incrustado en mi memoria, sembrando incomprensión y no pertenencia a los procesos sociales que ocurrían en Chile, no los entendía, y si bien tengo una opinión, aún no logro comprender a cabalidad, si es que se puede, que nos pasó en Chile.

 

Tiempo después, pasado las cuarentenas y la solución plebiscitaria en chile, volvimos a tener malas noticias, muy malas. La invasión de Rusia a Ucrania ya era inminente y la guerra dejaba de ser una amenaza, convirtiéndose en un nuevo horror. Me salto el centenar de problemas que han existido entre estos episodios,  ya que estos dos fueron los que me inquietaron y desataron esta columna. Quería saber más, quería entender por  medio de algún hecho histórico, lejano en distancia, pero cercano en tiempo y profundo en magnitud, la importancia de lo que vivíamos en Chile.

 

Entonces comencé la lectura de <La Revolución Rusa> La tragedia de un pueblo (1891-1924) del gran Orlando Figes publicado por Taurus.  Le aclaro al lector, que estas líneas solo interpretan mi parecer y se circunscriben a una reacción de una lectura,  el libros fue una suerte de oráculo para calmar mis inquietudes, una búsqueda e interpretación libre de los procesos sociales.

 

«Nuestro fue el señor, nuestra es la tierra» decían campesinos rusos al comenzar la revolución.  Nicolás II, el último de los zares, caía en picada, los Romanov desconectados de las necesidades de “su pueblo”, pues al ser de ellos su sentir y  su dignidad eran inexistentes. Nicolás II no quería oír y mientras en palacio se vivía y se despilfarraba la vida y los recursos, el campo en Rusia moría de hambre y frío. La idea de nación en Rusia, Hungría, Polonia y  Ucrania era borrosa, más bien, sobre todo en Ucrania, se veían a sí mismos como campesinos de las tierras del zar, ni Rusia ni el pueblo existían, solo las tierras y el recurso de una agricultura pobre.

Rusia, sumergido en el retraso social, vivían en la edad media a mediados del siglo XIX e incluso Figues nos dice que al comienzo de la revolución Rusa, el 8 de marzo de 1917, gran parte del campo ruso y húngaro no tenía percepción de lo que ocurría y la pequeña Rusia como le llamaban a Ucrania veía esto como algo lejano en su día a día.

El ejército ruso que se caracterizaba en el S.XIX por no tener mayor instrucción y por ser muy pobre, muchos de sus soldados no tenían zapatos y comían escasamente. El desarrollo industrial a finales del S.XIX y el aumento de la burguesía urbana sumado a la migración del campo a la ciudad, genero la formación de partidos políticos que polarizaron el país.  El movimiento estudiantil y el fuerte movimiento intelectual en Petrogrado a finales del S.XIX fue tensionando las ya escasas relaciones entre el pueblo Ruso y los Romanov.

 

En la medida que se avanza en la lectura, Figues, describe de manera brillante la desconexión total del Zar con su pueblo y la dependencia emocional de un pueblo con su Zar. Rusia es un caso increíble de dependencia con su líder, como un niño sin un padre, que busca en otra figura ese rol para ser protegido.

 

La pobreza de la Rusia del S.XIX era tal que las familias vivían hacinadas, pues el frío los obligaba a pasar la vida entera compartiendo camas y abrigo. “Extraña”, por no decir enferma costumbre de los padres rusos de esa época, chuparles el pene a sus hijos para calmarlos del llanto provocado por el hambre y el frío. La pobreza era tal, que muchas veces las familias no entregaban ni enterraban a sus muertos para poder comérselos. Figues relata muchas historias y contextualiza una Rusia desconocida para occidente. Esto ocurrió hasta ya entrado el siglo XX.

 

El Gobierno de transición Ruso, que funciono un tiempo después de la caída de los Rumanov, fue prácticamente el único periodo que Rusia implemento algún proceso democrático, una suerte de alianza política por el primer partido formado en 1898, Obrero Socialdemócrata de Rusia, el cual se dividiría en las facciones bolchevique y menchevique, y nuevos partidos como el Democrático Constitucional, el Partido Octubrista y el Partido Social-Revolucionario formado en esos años. Figes nos dice: <La revolución era la «venganza de los siervos», explicó un día de junio a algunos de sus ministros durante una comida. Era el <resultado de nuestro, y hablo ahora como terrateniente, pecado original. Ojalá Rusia hubiese sido bendecida con una verdadera aristocracia rural, semejante a la inglesa, que ha tenido la decencia humana de tratar a los campesinos más como a personas que como a perros>

 

Aleksándr Kérenski fue una pieza clave en la caída zarista, y el último primer ministro ruso que no pudo evitar la revolución de los Bolcheviques y su llegada al poder en octubre de 1917. Figues, se detiene y le explica al lector las oportunidades fallidas de un pueblo, que, por un lado, tenía la opción de construir una democracia socialista y por otro, la fuerza de los bolcheviques y su carácter refundacional. Los objetivos militares de Rusia ocuparon el escenario principal de la política durante la primavera de 1917. De hecho, todo 1917 podría considerarse como una batalla política entre quienes consideraban la revolución como un medio para acabar con la guerra y aquellos que veían la guerra como el medio de acabar con la revolución. No fue solo un enfrentamiento político, sino también social.

 

Figues, teje los relatos de campesinos, políticos de la época, escritores y gente corriente en una construcción no lineal en el tiempo, centrado en los sucesos y en la importancia de los personajes que protagonizaron esta época. Lenin, Trotsky y Stalin entre otros, como los políticos revolucionarios más destacados.

 

El proyecto Octubrista resulto ser una dictadura marxista. Lenin, quien se negó durante meses a la negociación con el gobierno de transición, desesperado y de manera muy  hábil presiono a los sectores más mesurados de la izquierda rusa, los mencheviques, para resistirse a las propuestas de cambios graduales en la política rusa; se debía reconstruir un país quebrado y generar una casta dirigente que emergiera del pueblo. Los bolcheviques eran el pueblo según Lenin, y la revolución y el orden irrestricto a la autoridad y la formación de un nuevo ejército eliminaría de raíz un posible Zar. La dictadura es el camino para Lenin. Paso muy poco tiempo  de la llegada de los bolcheviques al poder para que Gorky escribiera:

 

<Si las ideas y los sentimientos humanitarios (la fe en cuya importancia social quedó tan conmovida por la condenable guerra y por la falta de misericordia de los vencedores hacia los vencidos), si la fe en la fuerza creativa de estas ideas y sentimientos debe y puede ser restaurada, la desgracia de Rusia ofrece una espléndida oportunidad para demostrar la vitalidad del humanitarismo. Pido a todos los hombres honrados de Europa y América una inmediata ayuda en favor del pueblo ruso. Dad pan y medicinas.>

 

La suerte ya estaba echada y La revolución generó soldados campesinos que a menudo asumieron la dirección de las haciendas. A veces, animaron a los campesinos a participar en actos desenfrenados de vandalismo. Quemaron las casas de las haciendas para expulsar a los hacendados, destrozaron maquinaria agrícola (que, en recientes años, había eliminado buena parte de la necesidad de mano de obra campesina contratada), vaciaron los graneros y destrozaron o cometieron actos vandálicos contra cualquier cosa (cuadros, libros o esculturas) que presentara una apariencia de excesiva riqueza.

 

La casta poderosa de la Rusia de a principios del S.XX era despiadada, no alimentaban a su gente, incluso para la guerra llegaban trenes de comida y alimento para los generales y  sus familiares. El soldado debía alimentarse con lo que encontraba y vestirse con las ropas de los muertos. Figues relata la dureza de esa época y el carácter déspota de aquellos que tienen poder. El odio se fue acumulando e enquistando en la sociedad rusa. Mientras tanto, en el contexto de 1917, cuando toda la estructura del Estado y del capitalismo estaba siendo redefinida, las demandas económicas eran inevitablemente politizadas. El círculo vicioso de huelgas e inflación, de salarios más altos persiguiendo precios más altos, llevó a muchos trabajadores a exigir que el Estado controlara más el mercado. La lucha de los trabajadores para conseguir controlar su propio ambiente laboral, sobre todo para evitar que sus patronos hundieran la producción para mantener sus beneficios, los llevó a exigir cada vez más que el Estado se encargara de la dirección de las fábricas.

 

Todos los ingredientes estaban en la mesa: un país pobre, un gobierno de transición sin la fuerza suficiente, una clase poderosa déspota, una falta de sentido de pertenencia, una burguesía emergente, una Europa colapsada por la primera guerra mundial y un libro, el capital de Marx,  que había sido un superventas en Rusia, alcanzando las cuatro mil unidades en menos de un año, cuando en Alemania se habían vendido la misma cantidad en cuatro o cinco años. El Marxismo interpretado por Lenin comenzó a tomar fuerza, no el único, pero un protagonista relevante de esta historia. Convertido en un mito en vida cuando se enferma casi hasta la muerte y reaparece tiempo después, como si nada, los bolcheviques vieron en él, al salvador, el mesías de Rusia. Pero Lenin, como dice Figes era un hombre carente de experiencia laboral, un abogado revolucionario sin una vida privada. Esto dice:

 

<No existía un «Lenin privado» detrás del político. Todas las biografías del dirigente bolchevique discuten inevitablemente sus ideas e influencia políticas. La vida personal de Lenin era extraordinariamente aburrida. Vestía y vivía como un empleado de provincias de mediana edad, con horas muy precisas para comer, dormir, trabajar y tener un tiempo de ocio. Le gustaba la limpieza y el orden. Era puntilloso respecto a su contabilidad financiera, anotaba incluso lo que gastaba en comida, en billetes de tren, en material de escritorio, etcétera. Todas las mañanas ordenaba su mesa de despacho. Sus libros estaban ordenados alfabéticamente. Cosía los botones de su traje a rayas, le quitaba las manchas con gasolina y mantenía su bicicleta con una limpieza de quirófano. Existía una fuerte tendencia puritana en el carácter de Lenin, que más tarde se manifestó en la cultura política de su régimen. El ascetismo era una característica común entre los revolucionarios de la generación de Lenin. Todos se inspiraron en el abnegado héroe revolucionario Rajmetev de la novela de Chernyshevsky>.

 

El mayor asesino de estos años (responsable de unos cinco millones de vidas) fue la hambruna de 1921-1922. Como todas las hambrunas, la gran hambruna del Volga fue causada en parte por el hombre y en parte por Dios, dice Figues. Las condiciones naturales de la región del Volga la hacían vulnerable a las malas cosechas, y hubo muchas en los años anteriores, 1891-1892, 1906 y 1911, por mencionar solo unas pocas. Las sequías estivales y las heladas extremas eran características regulares del clima estepario; los vientos abrasadores en la primavera arrancaban la capa superficial y arenosa del terreno y dañaban las cosechas incipientes. Esas fueron las condiciones previas a la hambruna del Volga en 1921: la mala cosecha de 1920 fue seguida por un año de fuertes heladas y una abrasadora sequía de verano que transformó la estepa en una inmensa olla de polvo.

 

La Revolución rusa desencadenó un vasto experimento en ingeniería social, quizás el mayor de la historia de la humanidad; fue supuestamente un experimento en virtud del cual la raza humana estaba obligada a realizar, en algún punto de su evolución, la lógica conclusión de la búsqueda histórica de la humanidad en pro de la justicia social y la camaradería. Sin embargo, habiendo nacido como nació durante la primera guerra mundial, cuando Europa había sido arrastrada al borde de la autodestrucción, lo fue también de algo que muchas personas creyeron que era esencial en aquella época. En 1918, la mayoría de los partidos socialistas europeos suscribían el punto de vista de que el capitalismo y la competencia imperial habían sido las causas fundamentales de la guerra y que para evitar otra guerra como esa tendrían que ser de alguna manera aniquilados. Les parecía, en resumen, que el antiguo mundo estaba condenado, y que solo el socialismo, en palabras de la Internacional, podía «crear un mundo nuevo».

 

Ha pasado mucho de esta historia, la humanidad ha cambiado y en los últimos cien y en especial los últimos veinte años el mundo ha girado tanto y tan rápido que pareciera que esta historia que nos trae Orlando Figes es de hace mil años, pero no es así. Recién pasan cien años de la muerte de Lenin y el inicio de la tiranía de Stalin. Rusia no conoce la democracia, no la vive y sus Vladimires (Lenin y Putin) obedecen más a su locura y su enfermedad de sentirse el mesías. Mientras tanto, en Chile, a cien año de distancia de la revolución rusa y a nada de la guerra de Ucrania, vivimos nuestra historia. Todavía no entiendo bien, si la búsqueda de mis preguntas de nuestra crisis social las puedo encontrar en otros momentos y otros pueblos. La creencia Chilena de sentirnos especiales, inmunes a las crisis sociales y el orgullo de nuestra tradición democrática y el estado incorruptible están en el suelo. Desde el inicio del llamado “estallido social” los chilenos gritaban “Chile despertó”, ¿de qué?, ¿De los abusos de poder, de las desigualdades, del alto costo de la vida?, ¡Claro que si!. Pero, junto con ese despertar se fraguó la idea de una nación nueva, refundada por nuevos próceres de la patria. Las múltiples generaciones pasadas,   para algunos, están lejos de la altura moral y la conciencia de la justicia y equidad. La historia de Rusia es de ellos, y como diría el gran Konstantín Stanislavski en una conferencia en Estados Unidos,  <ustedes deben encontrar su manera de hacer las cosas, buscar en su historia>.

 

Simplemente, decidí vivir, detenerme en mi historia y mis contradicciones, en buscar en otros su experiencia para volver a mirar mi entorno, mi familia, mis amigos y mi país. Nos pasamos años anestesiados por una generación que no quiso que la política fluyera, nos estancamos y perdimos posiciones de liderazgo; tanto talento perdido y escondido por algunos que les gusto quedarse en el poder. Si usted tiene entre cuarenta y sesenta años, lo más probable es que sea de este grupo, una generación saltada y anulada. Hoy llega otra generación, con los méritos propios que les da la democracia, pero no quieran saltarnos de nuevo, a nadie. Pretender que su veloz acceso al poder es solo por sus méritos, seria un error. El mundo es instantáneo y ustedes son el primer experimento de esa inmediatez, lo queramos o no. Su valor y su gloria no estarán en su fundación de un nuevo chile, sino en ser capaces de ir a buscar todas las piezas perdidas de los últimos años. El camino es complejo, hoy ya no se avanza, uno se mueve en todas las direcciones. Su flexibilidad será el requisito mínimo para gobernar. Su elasticidad y amplitud deberá mirar los últimos cien años, al menos, y entender que la vida no parte ni termina con quien la vive.

 

Este libro fue una parada para reflexionar, una mirada al pasado. Yo debo seguir, hacia todas las direcciones, debo buscar los antecedentes de otros y los mío, debo flexibilizar mi rol , cualquiera que sea. Estos son años importantes, porque estamos vivos. Dejemos de decir que son tiempos históricos, dejemos de rotular nuestra época como si fuera un producto. Vivamos el proceso todos juntos,  antecedamos y sucedamos a todo y con todos.

 

Nicolás Fontaine 

7 de agosto de 2022

Faro de La Nueva Extremadura 

 

 

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